Veterinarios de la UCM resuelven las dudas sobre el hantavirus: “No estamos ante un escenario comparable al de la pandemia de Covid-19”

El brote de hantavirus detectado a bordo del crucero MV Hondius ha puesto en alerta a las autoridades sanitarias internacionales y ha vuelto a situar en el foco mediático a este virus zoonósico, despertando interés entre la población en un contexto marcado todavía por la sensibilidad social tras la pandemia de Covid-19.
En este escenario, investigadores veterinarios de la Universidad Complutense de Madrid han querido aclarar qué es realmente el hantavirus y por qué este tipo de brotes requieren una respuesta sanitaria especialmente controlada.
Los autores de este artículo son Sergio González y Nerea García, investigadores del Departamento de Sanidad Animal de la Facultad de Veterinaria y del Centro de Vigilancia Sanitaria Veterinaria (Visavet) de la Universidad Complutense de Madrid.
“Comprender qué es el hantavirus, cómo se contagia y por qué las autoridades sanitarias aplican protocolos tan estrictos ayuda a contextualizar la situación y, sobre todo, a evitar alarmas innecesarias”, señalan.
Los hantavirus, explican, son un grupo de virus ARN transmitidos principalmente por roedores silvestres. Actualmente, se consideran patógenos zoonósicos emergentes, cuya aparición y expansión están estrechamente relacionadas con factores ecológicos, cambios ambientales y modificaciones en la interacción entre humanos y fauna silvestre.
En América, algunos de ellos pueden causar el llamado síndrome cardiopulmonar por hantavirus (SCPH), una enfermedad poco frecuente pero potencialmente grave que afecta al sistema respiratorio y puede presentar una elevada letalidad. “Sin embargo, por lo general, los hantavirus euroasiáticos, pueden llegar a ocasionar un cuadro de fiebre hemorrágica con síndrome renal (FHSR) que se caracteriza por una letalidad menor”, apuntan.
El reservorio natural del virus, señalan, varía según la región geográfica y la especie de hantavirus implicada, aunque generalmente está constituido por distintos roedores silvestres, especialmente ratones de campo. Estos animales pueden portar el virus sin enfermar y eliminarlo a través de la orina, las heces y la saliva. Las personas suelen infectarse al inhalar partículas contaminadas que quedan suspendidas en el aire, especialmente en lugares cerrados, poco ventilados o donde hay presencia de estos roedores.
Los síntomas iniciales son inespecíficos y suelen parecerse a los de muchas otras infecciones: fiebre, dolor muscular, cansancio, dolor de cabeza o malestar general. Sin embargo, en algunos casos, la enfermedad evoluciona rápidamente hacia cuadros respiratorios graves o provocar alteraciones hemorrágicas y renales de distinta intensidad.
EL BROTE EN EL CRUCERO
El actual brote en el crucero MV Hondius, recuerdan los veterinarios, está asociado preliminarmente al virus Andes, presente en Sudamérica y perteneciente al grupo de hantavirus capaces de originar un síndrome cardiopulmonar.
“El virus Andes es único entre los hantavirus porque cursa con elevada letalidad (20-40%), presenta viremia prolongada y sistémica y es el único hantavirus con transmisión entre personas demostrada”, destacan.
Es por ello que requiere estrategias de control específicas, distintas del resto de hantavirus. Se trata, además, de un contexto epidemiológico muy particular, ya que la convivencia prolongada de numerosas personas en espacios compartidos y relativamente cerrados —como ocurre en un crucero— puede favorecer las oportunidades de transmisión entre contactos estrechos.
“Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido con el SARS-CoV-2, el virus Andes es un virus ya conocido, responsable de brotes anteriores como el de 2018 en Epuyén (Argentina), por lo que ya existen estudios epidemiológicos sobre su transmisión que son en principio extrapolables, dado que los análisis genéticos realizados hasta la fecha descartan mutaciones importantes en la cepa de este último brote”, aclaran.
Además, insisten en que, en la mayoría de los países afectados, los casos humanos siguen siendo esporádicos y se contabilizan en decenas o cientos anuales, “no en miles o millones como ocurrió durante la pandemia de Covid-19”.
Este tipo de situaciones continúan considerándose excepcionales y muy diferentes de la elevada capacidad de propagación observada en virus respiratorios adaptados al ser humano, como el SARS-CoV-2.
¿POR QUÉ SE HABLA AHORA DE “EMERGENCIA”?
“Aunque la mortalidad por este virus puede ser elevada en los casos graves, es importante recordar que se trata de una enfermedad poco frecuente y muy distinta, en principio, de las que originan pandemias como la de Covid-19”, señalan.
En este sentido, explican que, cada vez que aparece un caso confirmado o sospechoso, especialmente si existe la posibilidad de transmisión entre personas, las autoridades sanitarias activan protocolos estrictos de vigilancia epidemiológica. “Eso no significa necesariamente que exista una situación de expansión masiva”, matizan.
En realidad, apuntan, los brotes de hantavirus suelen ser localizados y limitados. “Lo que ocurre es que, debido a la gravedad potencial de algunos casos y la infrecuencia de estos, se toman las medidas necesarias para controlar y limitar las probabilidades de contagio, mientras se estudian las características de la cepa del virus implicado”, añaden.
“Además, desde la pandemia de Covid-19, la sensibilidad social ante cualquier virus respiratorio ha aumentado considerablemente. Conceptos como cuarentena, rastreo de contactos o aislamiento ya forman parte del vocabulario cotidiano, y eso hace que noticias relacionadas con enfermedades infecciosas generen más preocupación que hace unos años”, admiten.
¿ES UNA ENFERMEDAD TAN CONTAGIOSA COMO LA COVID-19?
Respecto a si es una enfermedad tan contagiosa como la Covid-19 son directos: “La respuesta corta es no”, aclaran. “La gran diferencia entre ambos virus está en la facilidad de transmisión. La COVID-19 se propagaba con enorme facilidad entre personas mediante aerosoles y gotas respiratorias, lo que permitió una expansión mundial muy rápida”, explican.
En cambio, recuerdan que el hantavirus no se transmite habitualmente de persona a persona. La vía más común de infección sigue siendo el contacto indirecto con secreciones de roedores infectados. “En el caso del virus Andes, aunque ha mostrado capacidad de transmisión interpersonal, esta es limitada, restringida a contactos estrechos y prolongados. Precisamente por esa posibilidad excepcional se aplican cuarentenas preventivas y seguimiento de contactos”, apuntan.
Así, explican que, cuando se habla de si una enfermedad “se contagia mucho” o “poco”, en epidemiología no se utiliza esta percepción subjetiva, pues existen varios indicadores científicos que permiten medir la capacidad de transmisión de un virus. El más conocido desde la pandemia de Covid-19 es el famoso indicador R0.
“R0 es el número reproductivo básico; representa el número de personas que puede contagiar un individuo infectado en una población susceptible. Si R0 es mayor que 1, el brote puede crecer. Si R0 es menor que 1, el brote tiende a extinguirse”, señalan.
Durante la pandemia de Covid-19, las primeras variantes del SARS-CoV-2 tenían un R0 estimado entre 2 y 3. Es decir, cada persona podía contagiar aproximadamente a dos o tres más y las cadenas de transmisión podían ser muy largas. Variantes posteriores, como Ómicron, llegaron a estimaciones mucho más altas (R0=8).
En el caso del hantavirus, la situación es muy distinta. El R efectivo del virus Andes suele situarse cerca de 1 o por debajo de 1. Por lo tanto, el virus tiene dificultades para mantenerse circulando en la población humana, las cadenas de transmisión terminan tras pocos casos y el riesgo de contagio amplio es muchísimo menor que el que existía con la COVID-19.
¿POR QUÉ LAS CUARENTENAS PUEDEN SER MÁS LARGAS?
Respecto a las cuarentenas, señalan que en la enfermedad por hantavirus el tiempo entre la exposición al virus y la aparición de síntomas puede ser relativamente largo. La mayoría de los estudios sitúan el periodo de incubación de los hantavirus entre 1 y 8 semanas, siendo lo más frecuente entre 2 y 4 semanas.
“Este largo periodo de incubación dificulta identificar el momento exacto de exposición y complica la detección temprana de los síntomas, por lo que las autoridades sanitarias mantienen cuarentenas prolongadas para las personas que han tenido contacto estrecho con un caso confirmado. El objetivo es detectar síntomas de forma precoz y cortar cualquier posible cadena de transmisión”, añaden.
¿CÓMO SE REALIZAN EL AISLAMIENTO Y LAS PRUEBAS DIAGNÓSTICAS?
Por otro lado, explican que, cuando existe sospecha de hantavirus, el paciente suele permanecer aislado bajo estrictas medidas de bioseguridad, especialmente si hay posibilidad de transmisión interpersonal, como en el caso de este virus Andes.
Los profesionales sanitarios utilizan equipos de protección individual (EPI), incluyendo mascarillas, guantes, batas y protección ocular. Estas medidas buscan evitar cualquier exposición a fluidos respiratorios o biológicos.
Las muestras clínicas —generalmente sangre o secreciones respiratorias— se manipulan en laboratorios preparados para trabajar con agentes biológicos potencialmente peligrosos. El análisis suele realizarse mediante técnicas moleculares, como la PCR, o mediante detección de anticuerpos específicos (IgM/IgG).
“En términos de bioseguridad, existen diferencias entre las especies de hantavirus. Así, virus como Andes, Sin Nombre, Hantaan, Dobrava o Puumala requieren medidas de contención reforzadas respecto a los hantavirus no asociados claramente a enfermedad humana. Por lo general, el diagnóstico sobre muestras humanas puede realizarse en laboratorios de nivel 2 de bioseguridad (BSL-2) con cabina de seguridad biológica para evitar el riesgo de aerosoles o salpicaduras, mientras que el aislamiento, cultivo y purificación del virus requiere instalaciones de un nivel de bioseguridad superior, BSL-3”, explican.
¿EXISTEN TRATAMIENTOS O VACUNAS?
Los veterinarios admiten que actualmente no existe un tratamiento antiviral específico universalmente eficaz contra el hantavirus. La atención médica se basa principalmente en el tratamiento de soporte: oxigenoterapia, control de la respiración, hidratación y cuidados intensivos en los casos graves. La detección precoz es clave. Cuanto antes se identifique la enfermedad y se inicie el soporte respiratorio, mayores son las posibilidades de recuperación.
En cuanto a las vacunas, indican que, aunque algunos países han iniciado estudios de desarrollo de vacunas experimentales o de uso limitado, no existe por ahora una vacuna ampliamente disponible y utilizada a nivel internacional como ocurrió con la Covid-19.
PREVENCIÓN, INFORMACIÓN Y PRUDENCIA, NO ALARMA
“Aunque el virus Andes puede provocar cuadros graves y la muerte, no estamos ante un escenario comparable al de la pandemia de Covid-19. La transmisión es mucho menos eficiente, los casos son poco frecuentes, los brotes son localizados y existen protocolos de vigilancia muy estrictos”, insisten.
La clave, afirman, está en la prevención, el diagnóstico temprano y la información rigurosa. Entender cómo se transmite realmente el virus ayuda a reducir el miedo y a evitar la difusión de mensajes alarmistas.
Para los autores, la prevención de la enfermedad por hantavirus se centra fundamentalmente en evitar contacto con roedores y sus excrementos, dado que son los reservorios naturales de estos virus. En zonas rurales, el sellado de viviendas y la adecuada gestión de los residuos son importantes para el control de la presencia de roedores. Asimismo, es importante la ventilación de espacios cerrados y la limpieza con equipos de protección, evitando barrer en seco para no producir aerosoles.
“En enfermedades zoonósicas como esta, nuevamente se pone de manifiesto que el enfoque One Health resulta esencial para una vigilancia y control eficaces de las infecciones, ya que permite integrar la vigilancia humana, animal y ambiental para detectar precozmente cambios ecológicos y epidemiológicos asociados al riesgo de transmisión de estas enfermedades”, concluyen.