Cuando la vocación no basta: así afecta el desgaste a los veterinarios en España

Durante años, la imagen del veterinario ha estado ligada a la vocación, al amor por los animales y a una entrega casi incondicional. Sin embargo, tras esa percepción idealizada se esconde una realidad cada vez más difícil de sostener. El desgaste emocional y las condiciones laborales están empujando a muchos profesionales a replantearse su futuro en la clínica.
Las cifras empiezan a poner números a una sensación compartida. Más del 80 por ciento de los veterinarios presenta síntomas de "burnout" y entre un 30 por ciento y un 50 por ciento reconoce haber pensado en abandonar la profesión en algún momento. "No estamos perdiendo veterinarios porque falte vocación, sino porque las condiciones de trabajo hacen muy difícil quedarse", resume Sofía García, veterinaria dedicada a la oncología en Citopet.
La situación ya se percibe en España, donde muchas clínicas afrontan problemas de personal, equipos saturados y un aumento del estrés entre quienes continúan ejerciendo. Jornadas interminables, guardias y urgencias constantes forman parte de un modelo que durante años se ha asumido como inevitable, pero que ahora empieza a cuestionarse.
"Durante mucho tiempo hemos normalizado que ser veterinario implique renunciar a la vida personal", explica García. Esa aceptación, sin embargo, está cambiando. Cada vez más voces rechazan la idea de que el sacrificio extremo sea inherente al ejercicio veterinario y apuntan a la necesidad de revisar las condiciones laborales.
El problema se hace especialmente evidente en áreas como las urgencias, donde muchos jóvenes comienzan su carrera. Turnos nocturnos, decisiones críticas y una presión constante convierten este entorno en uno de los más exigentes. "En un año haciendo urgencias puedes aprender tanto como en varios años de trabajo rutinario, pero el coste personal es muy alto", señala la veterinaria.
Aun así, el debate también apunta a la dificultad para poner límites, la tendencia a priorizar siempre al paciente y la falta de formación en autocuidado han contribuido a consolidar un modelo poco sostenible. "Muchas veces estamos tan centrados en nuestros pacientes que dejamos completamente de lado nuestras propias necesidades", reconoce García.
En un año haciendo urgencias puedes aprender tanto como en varios años de trabajo rutinario, pero el coste personal es muy alto
En este contexto, empiezan a surgir iniciativas que buscan replantear la carrera veterinaria desde una perspectiva más equilibrada. En encuentros recientes entre profesionales, el foco ya no está solo en la medicina, sino en cómo construir trayectorias laborales duraderas. La salud mental, la gestión del tiempo y la toma de decisiones personales cobran protagonismo en un sector que empieza a mirarse a sí mismo.
Uno de los cambios más significativos es la importancia de la comunidad. Tradicionalmente, el veterinario ha trabajado de forma aislada, asumiendo en solitario la carga asistencial y emocional. Sin embargo, compartir experiencias está ayudando a romper esa dinámica. "Cuando hablas con otros compañeros, descubres que no eres el único que se siente desbordado", explica la veterinaria especializada en oncología.
En paralelo, gana fuerza la idea de trabajar en red y fomentar la especialización, siguiendo el modelo de la medicina humana. La creciente complejidad de los casos hace cada vez más difícil abarcarlo todo de forma individual. "Colaborar con otros profesionales no solo mejora la atención al paciente, también permite repartir la carga de trabajo", apunta.
Mientras tanto, en las clínicas, la realidad continúa. Veterinarios que encadenan jornadas largas, que retrasan vacaciones o que dudan antes de reorganizar horarios por miedo a la viabilidad económica. Pequeñas decisiones que, acumuladas, dibujan un escenario de desgaste progresivo.