El Mundo: "La vida al límite de los veterinarios"

Puede ser lógico tener una imagen idílica de la práctica veterinaria. Es una profesión profundamente vocacional y, en principio, permite pasar las jornadas haciendo lo que se desea: curar animales. Pero la realidad, representada en estadísticas y en testimonios, dice exactamente lo contrario: que los veterinarios están en riesgo. Uno de cada 10 pensó en quitarse la vida en 2025, según el informe Veterinaria en riesgo, y más del 90% de ellos ha experimentado ansiedad relacionada con su trabajo. Mientras que seis de cada 10 ha experimentado síntomas de depresión.
«Yo misma», dice Rebeca Caramazana, que tiene 32 años y hace casi una década que ejerce la veterinaria, ahora en una clínica del centro de Madrid. Se refiere a que se siente parte de la cifra de colegas que, en el último año, ha valorado desaparecer. También se ve reflejada en los datos del estudio, elaborado por la firma de alimentación animal Gosbi, que redundan en la angustia emocional que les produce su trabajo: «El 85,15% de los veterinarios ha experimentado insomnio como consecuencia directa de su labor, y un 32,67% lo sufre de forma frecuente o está en tratamiento». ¿Por qué les sucede esto?
UN ESCENARIO DE TENSIÓN E INSEGURIDAD JURÍDICA.
La razón más reciente es la entrada en vigor del Real Decreto 666/2023 sobre medicamentos para animales, cuyo objetivo es la implantación de Presvet, un sistema que exige el registro de antibióticos a los veterinarios para controlar la resistencia a los antimicrobianos y que, según afirma el Colegio Oficial de Veterinarios de Madrid, «ha marcado un antes y un después en el ejercicio de la profesión». Se explican: «Lo que para el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA) supone un avance hacia un uso más responsable y trazable de los medicamentos, especialmente de los antibióticos, para buena parte del sector se ha traducido en un escenario de tensión, inseguridad y conflicto diario en la práctica clínica».
Así lo describe Rebeca: «Si ya de normal estamos estresados y la carga de trabajo es brutal, al sumar una gran carga burocrática que, además, nadie entiende, pues imagínate... Al final el decreto te obliga a manejarte entre la ética profesional y la legalidad porque cada vez que viene un perro tengo que asegurar qué antibiótico darle según la ley, y no suele coincidir con el críterio clínico». Un panorama que ha propiciado el nacimiento de asociaciones que defienden una iniciativa legislativa popular (ILP) para derogar el decreto en cuestión, como VetsUnidos y VetsWarriors, y hasta la formación de un comité de crisis del que también forma parte la Organización Colegial Veterinaria (OCV) que aspira a agitar a los colegios profesionales y a generar diálogos con la Admnistración.
«Los suicidios están a la orden del día», llega a decir Alfonso Martínez, que ejerce en Barcelona y es presidente de VetWarriors. Pero no sólo porque el real decreto haya intensificado sus jornadas y ralentizado los tratamientos para animales sino también porque la suya «es una profesión que se sufre en solitario, con poco reconocimiento e históricamente ha sido maltratada por la sociedad y las administraciones». «Es tan vocacional», prosigue Martínez, «que a menudo con tal de hacer el trabajo, curar al animal, llegan a regalarlo, y acumulan ansiedad y llegan a la depresión porque no están ni cobrando sus servicios en ocasiones. Esto, sumado a la huella emocional de practicar eutanasias a menudo y el hecho de tener acceso a los fármacos y conocimiento de farmacología, explica la situación».
Martínez dice «haber desarrollado una piel dura» aunque reconoce que acaba «llevándoselo todo a casa», y el Colegio de Veterinarios de Barcelona informó en junio del año pasado de «tres suicidios en apenas medio año en Cataluña, que habrían sacudido el sector». Según el resto de colegios del país «el 78% de los profesionales sufre burn-out y una encuesta realizada en 2024 entre veterinarios revelaba que «la mitad había sufrido depresión, ansiedad o estrés».
Además, un 32% declaraba estar «emocionalmente agotado» y, según un estudio del Center for Disease Control and Prevention de EEUU, los veterinarios tienen una probabilidad hasta 3,5 mayor de morir por suicidio que la ciudadanía en general. El Colegio de Veterinarios de Madrid ya alertaba en 2022 de que «132 colegiados habían sido atendidos en el servicio de atención psiquiátrica» que ofrece el organismo a sus miembros. A día de hoy, veterinarias como María Cantuel, que dirige una clínica equina ambulante, dice «sentirse a veces como una delincuente». «Veo una patrulla del Seprona y me pongo nerviosa, me pregunto si vendrán a por mí. Siento falta de libertad, y también que parece que mis conocimientos no sirven para nada porque quieren que mediquemos según una ficha técnica ofrecida por laboratorios. Es un estrés tener que estar midiendo lo que tienes que hacer a cada momento para intentar cumplir una ley absurda, que parece hecha por personas que no saben qué significa ser veterinario de campo. Me obliga a convencer a los propietarios de las decisiones que tomo, convencerles de que quiero lo mejor para el animal».
Hay, también, circunstancias estructurales que vienen de largo y que también inciden en la salud mental de los médicos de los animales. Habla Rebeca Camarazana no ya de regalar servicios, como decía Alfonso Martínez, sino de recibir propuestas extrañas a cambio de no pagar por una consulta. «Hay gente que diagnostica su animal con ChatGPT y luego quiere sólo que le confirmes lo que le han dicho, pero no pagar».
Servicios a los que, como destaca Isaac Parés, fundador y CEO de Gosbi, «deben aplicar un IVA del 21% (cuando en salud humana el IVA es del 0%), lo que en la práctica equipara su labor a un servicio de lujo, a pesar de que los animales son considerados miembros de la familia». Y tanto, porque según la Asociación Española de la Industria y el Comercio del Sector del Animal de Compañía (AEDEPAC), en España hay más de 28 millones de mascotas, 9,3 millones de perros, 5,8 millones de gatos, 7,9 millones de animales de acuario, 5 millones de aves y 1,5 millones de reptiles y pequeños mamíferos.
Pero Martínez, el veterinario warrior, cree conveniente hacer una ligera mirada al pasado para entender la situación actual. Comprender que «España, en 40 años, ha pasado de tener veterinarios sobre todo para animales de renta (de campo) a vivir una deriva profesional que les obliga a seguir amparados por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación». «Luego estamos adscritos a Sanidad en lo que se refiere a medicamentos y a enfermedades zoonóticas, pero sigue habiendo un desfase entre lo que pide el Ministerio y la práctica real de la veterinaria. Ese paso no se ha dado correctamente y la profesión ha avanzado de forma caótica», denuncia, además de mencionar que «hace más de un año que tratan de hablar con el ministro Luis Planas pero no han recibido respuesta ni acuse de recibo»
¿Qué hacer frente a una realidad en la que, según los testimonios, «hay que tener fortaleza mental para resistir»? «Hay compañeros», cuenta Rebeca, «que lo han dejado porque psicológicamente no pueden más, porque ya no son capaces de lidiar con los propietarios, que les someten a mucha presión». Hablamos de «tener que dar buenas pero también malas noticias, luchar con el propietario por hacer una prueba y soportar que te insistan en 'qué harías tú' o frases como 'pues como te gustan tanto los animales podrías ver el mío gratis'». Eso sí, esta veterinaria también cree que «de ser una profesión con poco compañerismo se ha pasado a estar más unidos tras la implantación del real decreto».
MÁS ESTRÉS
Para Canuel, la veterinaria equina, «la parte más estresante del trabajo actualmente es poder realizar una buena clínica, con los tratamientos más eficaces y en el menor tiempo posible sin interferir con la actual ley del medicamento, que limita el criterio y el juicio clínico». Pero, como señala Rebeca, éste se suma «al estrés de estar de cara al público y al estrés de estar trabajando con vidas y no mesas a las que pongo tornillos». «Si yo me equivoco con el tornillo igual luego pones un plato encima de la mesa y se cae pero si yo, porque esté estresada, pongo una dosis mal o no calculé o en ese momento no pienso bien, igual se me muere el animal, así que vivimos en tensión entre la consulta, la recepción, el teléfono, y tampoco podemos ser muchos trabajando en cada clínica porque eso obliga a subir los precios».
Pero por encima de todo, Rebeca reconoce que hay dos cosas que le hacen sufrir más que otras. Una es que una de las prácticas habituales de su trabajo sea dar la eutanasia a muchos animales -«esta semana tengo una y ya estoy nerviosa, y cuando vengan, a los propietarios les diré, 'ahora cuando coja la vía veréis que me tiemblan las manos, pero todo irá bien'»- y otra es el hecho en sí de «tener que dar malas noticias a menudo a los propietarios». «Hay pacientes que vemos durante mucho tiempo y, cuando toca 'dormirlos', pues se pasa muy mal, muy muy mal», reconoce.
Es decir, se puede llegar al suicidio porque, antes, se ha atravesado un fuerte compromiso con el trabajo, sacrificios en la vida personal y vivencias éticamente comprometidas. Así lo señalaba recientemente en Diario Veterinario la profesional Marta Legido, miembro de VetsWarriors y de la Junta de Gobierno del Colegio de Veterinarios de Barcelona. Y continuaba: «Las profesiones sanitarias estamos expuestas a factores de riesgo que afectan a nuestra salud mental, y los veterinarios no somos una excepción. Es más, la profesión veterinaria tiene un riesgo de suicidio dos veces superior al resto de profesiones sanitarias».
Legido reconocía también que «la gran dedicación de los veterinarios, que a menudo no desconectan del trabajo, hace que lleven el móvil las 24 horas del día encima, los siete días de la semana». «Otro causa que influye es que el compromiso con la eutanasia de animales de compañía y los sacrificios de animales de granja aumenta la facilidad a la hora de acceder a sustancias farmacológicas». Y como afirmaba Alfonso Martínez, cree que la suya es una profesión no ya solitaria sino que tiene cierta tendencia al «aislamiento social». Para paliarlo, se han puesto en marcha iniciativas como el Programa Assís que, al amparo de la Fundación Galatea, consiste en ofrecer asistencia en salud mental para los veterinarios.
Jornadas maratonianas, vocación, amor por los animales... Y también miedos: a equivocarse, a incumplir la ley, a eutanasiar, como ellos dicen, varios animales a la semana, o ver que no pueden dar el antibiótico que éstos necesitan porque el último decreto les podría multar. Desde Gosbi insisten también en que, «aunque por ley son profesionales sanitarios, no están reconocidos como esenciales pese a su papel clave en el control de zoonosis y la seguridad alimentaria y, en la práctica, no están integrados en el sistema de salud pública. Todo ello configura un contexto muy complejo que les lleva al límite».